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A nadie se le escapa que la atención del peregrino, no era igual en todos los hospitales y hospederías de la ruta, y que los casos de Roncesvalles y del gran hospital real de Burgos, donde según el viajero italiano Domenico Laffi, cabían 2.000 personas, habría de ser igual, porque también había una hospitalidad de pago en alberguerías, tabernas y posadas, que llegó a ser una industria floreciente, si consideramos la escasez de las otras y las necesidades de los peregrinos de alojarse donde pudieran.
Esta segunda hospitalidad, al margen de la caritativa, devocional, de las cofradías y órdenes militares, se ejercía con todo tipo de fraudes. Refiere el Códice Calixtino como se daba sidra por vino, malos lechos, carnes podridas, robos y toda suerte de irregularidades que llamaron la atención de los gobernantes para que no se siguieran produciendo, pero que continuaron a lo largo del tiempo porque la legislación lo sanciona continuamente a lo largo de los siglos con la misma intensidad que la primera vez que aparecen las sanciones.
Quizás el caso más llamativo, por ejemplarizante, está recogido en el mismo Códice Calixtino en el libro de Milagros, donde un mal mesonero es ahorcado por fraude de robo a un padre y un hijo alemanes en Santo Domingo de la Calzada, donde cantó la gallina después de asada.
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