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Tradición hospitalaria, de las vías de peregrinación es ya anterior al cristianismo y en el occidente cristiano es de raíz evangélica y alcanzará el rango de obra de misericordia. Está, además, en el origen mismo de la peregrinación a Roma y a Santiago y contribuyó de manera muy notable a difundirla y hacerla posible. Instituciones, eclesiásticas (monasterios, parroquias, cofradías) y civiles (reyes, nobles, ayuntamientos), completaron la actividad de personas singulares y anónimas, con sus fundaciones específicas o con la actividad ordinaria de mesones, posadas y familias particulares.
Tradicionalmente, las dificultades en el recorrido peregrino fueron numerosas; la propia dureza del Camino, inclemencias del tiempo, guerras y bandidos, fraudes y engaños, diferencias culturales y lingüísticas. La hospitalidad, fue el gran bálsamo que guarizó muchas de estas dificultades y se extendió más allá de alojamientos y restauración, abarcando campos como la protección, la construcción de puentes y calzadas y la información y trabajo asistencial de numerosas instituciones y personas. La hospitalidad, que es ejercida por los hospederos en sus distintas gradaciones, es el elemento base sobre el que se sostiene la peregrinación, pues si no hay nadie dispuesto a acoger al caminante, éstos no pueden sobrevivir.
La hospitalidad a peregrinos en el Camino de Santiago fue desarrollada, casi exclusivamente, en los monasterios hasta mediados del siglo XI. Al principio era entendida, como una caridad de limosna, para después convertirse en una labor asistencial total y funcional de alojamiento, curación, soporte espiritual y físico en todos los sentidos que podía proporcionar el cenobio que los recibía.
Era, por otra parte, el único sistema social de ayuda a la numerosa población de peregrinos, pobres y vagabundos que poblaban los caminos medievales, haciendo difícil distinguir muchas veces la necesidad eventual del caminante con la del desamparado perenne, o con la picaresca de la ventajosa y ocasional.
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