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En los documentos de la época la palabra peregrino, se mezclaba de forma continua con la de simple caminante, pobre o vagabundo. El obispo Pelayo, funda en León domum hospitalatis casa de hospitalidad, para pobres, cojos, ciegos, mudos y peregrinos". El obispo D. Pedro funda, también en León unam domum qui fieret in hospitio pauperum et peregrinorum (una casa que sirva para hospicio de pobres y peregrinos". Nada que se salga, de las necesidades de la época, que podríamos finalizar con un poema del siglo XIII, en alabanza del hospital de Roncesvalles, que recoge la realidad de los hospitales, amplitud y variación de acogida.
La puerta se abre a todos, enfermos y sanos no sólo católicos, sino aún a paganos; a judíos, herejes, ociosos y vanos y más brevemente a buenos y profanos. Resulta evidentemente, el poema un canto a la tolerancia en la función de acogida, que sobrepasa las funciones puramente humanitarias, para desembocar en una carta de derechos humanos de todo aquel que precisa atención y cobijo. Sorprende el hecho, en tanto en cuanto que, cuando se quiere descalificar una situación como anómala, aberrante y antigua se acuda al término medieval.
Lección ésta de Roncesvalles, que muchos debieran aprender en la edad moderna de liberales convicciones, pero de difícil aplicación en la realidad. En ese mismo hospital de Roncesvalles en el año de 1660, se sirvieron a los necesitados (peregrinos y otras especies de caminantes), más de 25.000 raciones, que en el año 1791 fueron más de 20.000. Consistían, las mismas en pan, media pinta de vino, caldo y carne si no era Cuaresma, y si lo era disponían los comensales de abadejo, huevos, queso, caldo; a parte de baños calientes, atenciones médicas, corte de pelo y las atenciones de los clérigos y hospitaleros que atendían tan benéfico establecimiento.
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